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domingo, 27 de septiembre de 2015

La mala hierba

Será porque nací en el mar. Y acumulo un gran depósito de ignorancia sobre  la tierra en general. Será porque nací en el mar, ahora el campo y la ancestral técnica de la agricultura no dejan de sorprenderme y de maravillarme. De enseñarme. Pocas cosas enseñan más que sembrar algo y esperar a verlo crecer. Y no en el sentido poético. Uno ha de tener paciencia y pasar tanto tiempo observando que  da mucho que pensar.
Será que nací en el mar y miro con la inocencia que un niño miraría la iridiscencia de un prisma, la magia de un arcoíris. A veces montada sobre mi lengua desatada de poeta, mis sentidos expuestos de ser de piel.
A veces lo que digo es hermoso. Dedico palabras y palobras al destino, a la fuerza y a la savia. Hoy, lo advierto, no habrá belleza. Cierre los ojos y los oídos a quien le moleste mis palabras. Recuerden, yo nací en el mar. Soy exploradora de un mundo que no es el mío. El perro que ladra y muerde y juega con un globo. Hasta que explota.

La mala hierba

La mala hierba crece rápidamente y a raudales. Crece y se dispersa. Va donde la lleva el viento. Ya sea a los bordes de  los caminos, en los campos en siembra, entre el césped del jardín. No respeta límites ni labranzas. Es más prolija cuanto más fértil sea el suelo.
La mala hierba es el temor del agricultor y el jardinero que temen que robe los nutrientes del sustrato, el agua y el oxígeno a sus queridas plantas de cultivo. La mala hierba es una intrusa.
En resumen. La mala hierba es una toca pelotas. Hay que salir de tanto en cuanto al campo y arrancarla. Nadie sabe cuál es su utilidad.
En el césped es fácil adivinar cuál es la mala hierba. Entre el gramón todo cortadito, pinchudo y básicamente igual destaca como una mancha cualquier hoja que no cumpla el absurdo sueño delirante de la simetría.
Yo, que nací en el mar, inculta en todo sentido terrenal me planté un día (nunca mejor dicho) a mirar la mala hierba que creía junto a mis tomateras.
No me parecía para tanto. Inicialmente crecía inocente. Salía un pequeño brote. Una verdadera ilusión cuando miras y riegas desde hace semanas una tierra marrón y yerta. Posteriormente comenzaba a hacer esas cosas típicas y particulares de las plantas, como ponerse turgente y alegre tras la lluvia, o respirar, o ser verde, o cosas así. Nada particularmente espantoso. Salvando el hecho, claro está, de estar en un tiesto que yo había declarado territorio de mis tomates.
Realmente el único mal de la mala hierba (bendito lenguaje despectivo) es estar donde alguien (el hombre) considera que no debe estar. Es un vegetal inútil ya que no cumple ni cánones de belleza de jardín ni es producto de consumo. Malísima, malísima hierba. Altiva y digna entre hortalizas, compitiendo por sobrevivir.
Ahora recuerdo tantas y tantas fábulas y metáforas sobre la siembra. Sobre la constancia del riego. Sobre buenas y malas semillas… Es sorprendente como nos gusta decidir y controlar todo lo que está en nuestra mano. Pero les contaré un secreto de total ignorante del campo. Lo  diré bajito y a medio susurro ((((…aún si no sembráramos…ni aráramos…ni ordenáramos…ni valláramos… la tierra sería fértil))))). Quizás sería una especia de desorden a nuestro parecer. Quizás convivieran mala y buena hierba. Quizás reinaría la anarquía…de millones de plantas alzándose con dignidad. Todas respirando, generando oxígeno y vida.

Y como yo nací en el mar… le dedico este escrito a mi manera, a modo de sal lamiendo herida…
A la mala hierba…
A mí, que fui náufraga en tierra desconocida…foraster…mala hierba…
A una marea impactante y digna que fue hacia donde soplaba la ventisca, para reclamar su derecho a vivir y ser….mala hierba…arrancada a palos y vilipendiada en Madrid…sesgada…sin que consiguieran arrancar su simiente….mala hierba…mareas por la dignidad…mala hierba…
A esos náufragos….mala hierba….que se traga el mar cada día….Cuyo único mal…era estar donde no debían estar…mala hierba…


viernes, 28 de junio de 2013

Reconocer

Reconocerse es examinarse.
Antes de todo es examinarse.
Es una mano que descubre una mano que descubre.
Es un escalofrío o un espasmo
y el lugar anónimo de su génesis.
Es una cicatriz
una imperfección perfecta
una mancha color café.
Es la aproximación de dos mundos que se miran de cerca.
Que se conquistan y entregan.

Reconocerse es identificarse.
Más tarde, reconocerse es indentificarse.
Es descubrir el yo que subyace en el otro.
Es la intuición en la diferencia
de un vértigo de similitud.
Es la mano que al sostenerla, te sostiene.

Reconocer es agradecer,
es la boca que sonríe,
la mano que acaricia la espalda.
Es dar el lugar y la importancia precisa
al placer y a la alegría.
Es el pecho que se eleva tranquilo.

Reconocer es distinguir entre los otros.
Inevitablemente es distinguir.
Es saber que esa mano, que ese olor, que esa mancha...
tienen un nombre y un sueño
distinto a los demás nombres y sueños que pueblan las calles.
Un nombre propio que conoces.
Una piel propia, como un mapa.
Un mapa físico (montañas, valles y ríos)
de una tierra de acogida.

Y por último re-conocer.
Así, separado. Re-conocer.
Es comprender que esa mano descubierta,
esa mano que has aprendido,
esa mano en la espalda,
esos surcos con nombre propio
ya no son los que conocías.

Es el estremecimiento cuando entre una multitud
tu cuerpo reconoce una mancha, una cicatriz, una intuición
que ya no son las mismas.
Por no ser tuyas.
Es aprender a decir adiós
y callar a tu cuerpo que grita
fuiste mío”
fuiste mía”.


miércoles, 26 de junio de 2013

Yo juego a la poesía

Estoy jugando a la poesía como quien juega al pillar.
Una sale corriendo. La otra va detrás.
Y cuando nos alcanzamos sucede que invertimos los papeles.
Y a veces ella me persigue.
Y me atrapa... vaya si me atrapa...
Y otras veces la persigo yo
y tengo que correr y correr para alcanzarla.
Y llego exhausta, sudorosa y con el corazón latiendo
como si fuera a explotarme.
Como si él quisiera seguir corriendo por inercia.
Con la sensación triunfante de que sigo viva.
Con la sensación viva del triunfo.

Estoy jugando a la poesía como se juega al escondite.
Busco una palabra que se esconde por las sombras
tras los rincones y bajo las escaleras.
Pero sobretodo busco las palabras más evasivas,
las mejores jugadoras
aquellas que se esconden bajo las pieles, tras los labios...
en los pliegues más recónditos de la vida
donde olvidamos nombrar a las cosas.
Donde existen palabras aún no nacidas..
emociones aún no nombradas...
palabras sólo reconocibles por el tacto.

Juego a la poesía como juego a la gallinita ciega.
Con los ojos vendados, tanteando.
Intuyendo dónde está por sus movimientos
por las ligerísimas corrientes de aire
que levanta a su paso.
Sintiendo su presencia con un sentido
que aún no está descrito
al que sólo puedo llamar intuición.

Estoy jugando a la poesía como juegan los niños
felices y desenfadados
riéndome
olvidándome que hay mundo más allá del juego.
Haciéndolo sencillo,
pero sin poder explicarlo
porque cuando los adultos me preguntan
la emoción me aturulla y no sé cómo describirlo.

Estoy jugando a la poesía como juego a la vida
a tientas
a porrazos
con ilusión
con pasión
y risa.

Sobretodo risa.

lunes, 29 de abril de 2013

Los entresijos del miedo I


A través de su antigua radio, llena de arañazos y golpes, escuchaba las palabras de Santi. Su voz que sabía que procedía de un salón semi en penumbra en el quinto piso de un edificio a las afueras de una ciudad. Cualquier ciudad.

Recordaba el tacto del parqué semi en penumbra en la espalda. Recordaba las horas viéndolo toquetear los botones y el encenderse de las luces rojas y verdes que nunca logró descifrar. Recordaba los pelusones bajo el sofá.

Hasta que él se metió en política. Y tuvo que cambiar mil veces de casa y estudio.
De hecho, era consciente de que su voz ya no procedía de ese salón, ni de esa ciudad y es probable que ya sus pies no acariciaran sino cemento. Y que el tiempo no tuviera  la clemencia de mullir su vida con pelusones.

" y la última noticia: Acaba de abrir sus puertas la prisión más grande construida hasta el momento. Aún la información que nos llega no es clara. Pero todos coinciden en la crueldad de sus guardas (verdugos), lo inexpugnable de sus muros...sus métodos de tortura... (pausa)"

Pausa. Conocía también esa pausa. Cuando se le atragantaba una palabra o un sentimiento. La que antecedía a algo duro. La que antecedió al adiós...

"LA llaman miedo. A la cárcel más grande y cruel del mundo...(pausa)... Miedo".

Otra pausa, y tras ella una explosión.

Los diarios de la mañana siguiente que no hablaban de cárceles...que nunca hablaban de cárceles... le dedicaron un cuarto de página en la sección de sucesos... Un explosión de gas...


La cárcel más grande del mundo, a las afuera de la ciudad. Cualquier ciudad. A las afueras y en su subsuelo. Y en sus muros. Y en sus esquinas. Y en sus carteles publicitarios. Y en sus medios que no hablan de cárceles y en sus cárceles sin medios. Y en las bocas. En las bocas que la respiran por la mañana y le dejan paso durante el día...para que llegue a sus corazones.

La llaman miedo....Miedo....

martes, 23 de abril de 2013

Luxación


Energía cinética.
Movimiento.
Energía eólica.
Vuelo.
En resumen.
Energía vital.




Hay muchas formas de ir por la vida.
En silencio. Estrepitosamente.
Más mal que bien. O más bien que mal.
Hay gente que va con las maneras más ensayadas.
O con la cabeza rayando el techo.
Yo voy, que no es poco.
Aunque por mi gran pasión inconsciente por el método ensayo-error, suelo ir por la vida a porrazos.

No es por hacer drama. Una se acostumbra.
Nunca he tenido repercusiones graves. Mi cuerpo sólo guarda las cicatrices de algunos mordiscos y algunos arañazos (de procedencia de mundos muy diferentes de lo que sus mentes están pensando). Y mi alma...mi alma lleva sus cicatrices con orgullo de felino y ligereza de pájaro. Ésa sí que tiene golpes. Pero es normal, la llevo saliendo por cada poro. Recubriendo mi piel.

Así de simple. A porrazos.

Una va corriendo.
Avanzando deprisa.
O se detiene.
A mirar el mar.
O se tira por una cuesta sin tener frenos.
O cosas de esas.

En fin, todo avanza y uno va por ahí como una máquina engrasada. Cinématica perfecta.

Un día, porque sí (váyase uno a saber por qué: una barrera física, un escalón, una piedra en el camino...un bache...un bache...) se da un frenazo.
Freno.
En seco.
Pero el alma sigue por inercia.
Tracciona.
Y algo falla.
Y tú lo notas.
El alma se luxa.

No hay fractura.
Lo sabes.
Nada se ha roto.
Aunque lo parece.
Duele como si lo estuviera.
Pero el alma es sumamente resistente a la fractura: puede ser porque está hecha de cosas levísimas. Como el amor o los sueños.
Pero se luxa. Más fácilmente cuanto más expuesta la llevas.

Eso significa de repente no está en su sitio.
No en el lugar que encaja.
No donde se articula con el resto y se mueve en consonancia.
No donde soporta tensiones, caídas.
Está en otra parte.
En otra parte...

Nadie puede reducirla.
Volverla a su sitio.
El alma es tan insustancial.
Tan grande o tan pequeña...
Se queda por ahí colgando.

Y vas por la vida con el alma
(o el cuerpo según se mire)
Luxado.

Hasta que un día,
mientras que vas por la calle con la cara partida en dos por una sonrisa
y el corazón partido en mil por un recuerdo.
Mientras que en tu zapato o pie izquierdo un cuento te acaricia el camino
y en tu mano derecha se despeñan palabras.
Mientras que en tu espalda el mar por el que surca un barco de papel te hace cosquillas.
Mientras que vas toda tú haciendo prácticas de preparación al vuelo o a la libertad...
Mientras que te vas apañando en una movilidad incierta,
avance con cinemática imprecisa y desalmada...


Se te cruza una ilusión en el camino.
Te saluda inesperadamente.
Te paras.
Y entonces...
la inercia...
te devuelve el alma a su sitio.
(El movimiento atrae el movimiento)



Energía cinética.
Movimiento.
Energía eólica.
Vuelo.
En resumen.
Energía vital.


(Conflicto permanente con fuerza de la gravedad,
caída...............)

(Caída.............................)


(Y vuelta a empezar)

sábado, 12 de enero de 2013

Me siento. No del verbo sentir, del verbo sentarse. Ante mazacotes de papeles y amasijos de palabras. Realmente estoy cómoda. Me siento cómoda (del verbo sentarse y, levísimamente del sentir). Nunca me desagradan las palabras. O casi nunca. Pero de alguna forma hay algo que me inquieta.
Mientras que fijo la vista en las enfermedades del riñón, por ejemplo, veo por el rabillo de los ojos una sombra que se mueve. Es levísima. Cuando la encaro parece esconderse por las esquinas, tras las fotos, probablemente del lado de fuera de la puerta y la ventana.
Si están cerradas ¿cómo las atraviesa? ¿cómo va más allá? Lo ignoro.
Determino por su ligereza que es mi libertad.
Mientras leo juguetea con los pelos que pueblan mi nuca, y los enardece. Aprende a hacer magdalenas y lo peor es que sé que no compartirá las recetas conmigo. Escribe cuentos y cuenta cuentos. Juega con mis ojos, con la luz, con el sueño...al escondite.
Se prueba mi nariz de clown. Todas mis narices-recuerdo.
Come piruletas.
Y escribe y grita.
Pero no me abandona. Mira que tiene la facilidad de atravesar paredes, ventanas, muros. Mundos.
Mira que recala en corazones ajenos, en puertos y mares ajenos. Pero siempre vuelve a mí.
Para esconderse en mi cercanía de forma que la intuya pero nunca la aprisione.
No entiende de ataduras, pero sí de fidelidades.
Me espera. Es capaz de esperarme, mientras me siento (de sentarse) frente a éstos papeles. Mientras me siento (de sentir) a veces perdida.
Me espera y hace las maletas. Y juguetea con mi cuello. Y se sube a mis espaldas.
Hay quien no soporta su peso... Pero la mía es tan leve...
Que sé que en su compañía aprenderé a volar.

Me siento cómoda (de sentir, y levemente, mientras floto en una tranquilidad y una paciencia infinita, de sentarse).

jueves, 28 de junio de 2012

Para dibujar un sueño


Para dibujar un sueño, antes que nada, tenemos que elegir una perspectiva: eso es, decidir desde dónde queremos verlo. Podemos mirarlo desde arriba y así ver cómo crece poco a poco mientras lo vamos alimentando (esta vista se llama planta, y tiene que tener profundas raíces). Podemos mirarlo de frente, sin arredrarnos, para medir los pasos que nos faltan por alcanzarlo (en línea recta o en círculos). También podemos elegir un contrapicado, de abajo a arriba y ascender como quien escala una montaña, conteniendo el aliento, quedándonos sin aire.

Luego podemos escoger un punto de fuga. A pesar de su nombre no nos servirá para huir de nuestro sueño, pues los sueños si son tales, nunca, nunca, nunca, nos permitirán abandonarlos. El punto de fuga es el lugar por donde los caminos de nuestro sueño convergen en el horizonte. Es allí donde se asienta nuestra utopía, existente y expectante a nuestros ojos, inalcanzable en el presente a nuestros pasos. La estela que dirigirá nuestros trazos.

Y entonces tenemos que decidirnos, vencer el horror al vacío y la nada, e ir hiriendo al papel con nuestras líneas. Al principio indecisas y suaves, poco a poco más decididas y penetrantes. Ir con los pedazos de grafito, construyendo trazos, los trazos construyendo formas. Yendo de lo pequeño a lo inmenso. Construyéndolo, inventándolo. Construyéndonos, inventándonos. Arquitectos de lo impensable, de lo imposible, de lo fantástico.

Para dibujar un sueño, una vez elegida su forma, tenemos que darle profundidad. No bastan los sueños planos, no, no bastan. Necesitamos sueños profundos que se arraiguen en nuestras noches para que no nos lo robe la mañana. Que se anclen en las aceras para que no nos los atropellen las ciudades y su prisa y su vorágine. Que atraquen en nuestros puertos para que no los lleven las olas y las tormentas. Sueños con aristas y volutas, con lugares donde poder jugar al escondite con la vida. O donde refugiarse de la muerte. Sueño-casa. Sueño-parapeto. Sueño-trinchera.

Y ver de dónde vendrá la luz, qué quedará envuelto en sombras. Porque tenedlo seguro, habrá luces y habrá sombras. En todo sueño que se precie las hay. Pero no temed a las sombras: pueden ser vuestras aliadas, vuestras amigas. A veces lo mejor de un sueño es eso que no alcanza a ver el resto,eso que sólo entiende el que mira con algo más que los ojos. Sombra- cómplice. Sombra-esfinge.

Así ,siguiendo paso por paso tendreís un sueño. Aunque la verdad, para qué engañaros, es que con eso sólo tendréis el boceto de un sueño. Porque racionalmente es lo máximo que puede conseguirse. Es lo más complejo que puede explicarse. Para dar la forma definitiva a un sueño. para que se haga indeleble, no bastan las instrucciones.

Un sueño que se merezca ese nombre no puede buscarse, un sueño de verdad te encuentra. Tú puedes haber dibujado un esbozo, haber creado sus contornos, haber perfilado su sombra. Y así vas por la vida, con ese sustrato vivo palpitándote dentro , con una media sonrisa despeñándose de un labio, hasta que de repente, un fogonazo de luz te deslumbra e imprime para siempre en ti una imagen, una idea, un verdadero sueño.

Si el boceto no está listo, aunque se crucen una y otra vez con vosotros las imágenes de vuestros sueños, no sabréis reconocerlas.

Por ello tenemos que llenar los muros del mundo con bocetos de nuestros sueños para que cuando llegue el momento, el sustrato esté listo y entonces se enciendan las luces y ya nada pueda pararnos.


¡Vamos a dibujar!




[Para un fogonazo de luz en forma de sonrisa que jamás abandonará mis sueños]

martes, 12 de junio de 2012

Enemigos del tiempo

Traigo para ti un par de quizás inverosímiles
pero incuestionables verdades.
Una que quizás intuyeras
es que no existe el tiempo.
Lo crearon esas personas que se pasan horas tras una barrera
Para ver pasar una carrera,
un sólo instante.
Esos que resoplan en el metro
y corren por las escaleras mecánicas.
Los trenes que siempre salen y llegan a la hora exacta.
No sé, pero está claro que el destino
Nunca bajará de uno de esos trenes.
¡Ah solitarias estaciones!
Adioses eficientes
(que no eficaces, que nunca eficaces).

Para gente como tú y como yo no existe el tiempo.
Para nosotros: seres disfuncionales en una sociedad disfuncional.
Perfectos tocadores de narices.
Tomadores de café.
Escritores del insomnio.
Soñadores de los días.
Encarcelados por escándalo público.
Zurcidores de banderas imposibles:
banderas no-banderas.
Anagramas pintados en la pared de los laberintos.
Libertades en la pared de las cárceles.
Los enemigos del tiempo y de las horas.
Los observadores del mar.
Los músicos sin partitura.
Los que asesinaron a los relojes
Por no ponerle una pila.
O los que los tiraron por la ventana.
Esos que tras un aluvión de vida...
..............................
(con sus correspondientes aciertos y fracasos).......
..............................
se miran a los ojos.................
sonríen ..............
...........y se reconocen.

La otra verdad es más incierta
y quizás más abstracta.
La otra verdad es que yo no existo.
No existo salvo en las paredes,
en ese tren que no llega,
en las no- banderas.
No existo en la sociedad-suciedad.
No existo salvo que tras un aluvión de vida...
...............................
(aciertos y fracasos…fracasos)....
...............
Me mire en tus ojos.......
...........................
y entonces................
............ me reconozca.




[A todos los asesinos de horas, los exprimidores del tiempo. En especial a los de los buzones azules y los que tienen, como yo, la enfermedad de la palabra: esa fiebre insomne que te amenaza y te salva la vida]

lunes, 4 de junio de 2012

De vuelta al Destino (o Torre Vigía II)



Remember: Torre Vigía http://decafelitoychocolate.blogspot.com.es/2011/06/torre-vigia.html


No me di cuenta que llevaba la cabeza gacha, hasta que una sombra incoherente se cruzó en mi camino.
En ese momento se mezclaron diversos sentimientos: pena, al percatarme de que llevaba un rato con la cabeza hundida, replegada sobre mí misma. Asombro, al ver como los detalles de la calle habían ido penetrando en mi ser, en mi ánimo, de manera imperceptible. Había recogido pasos, huellas, escalones, colillas y sobretodo sombras.

Sombras voladoras de gaviotas y palomas, sombras de señales de prohibido, no-sombras de árboles caídos, miradas sombrías… Y esta sombra incoherente, de forma a-sombrosa que ahora me hacía alzar los ojos para saber de dónde provenía…

Tenía las formas sinuosas de una mujer, pero terminada en una cola de pescado. Sí. Era la sombra de una sirena, reflejada una ventana y luego más difusamente en el suelo. Y a mí las sirenas me traen muy buenos recuerdos…así que sonreí mientras mis ojos buscaban lo que mi corazón ya sabía que había encontrado: una plazoletilla perdida, a la que siempre llego sin darme cuenta…unos bancos….una fuente…un par de naranjos… y el escaparate de una tienda de anticuario a la que hacía años que soñaba con volver.

Allí colgaba el cartel de madera “Sirenas” como un presagio, moviéndose con el viento, columpiándose en un leve vaivén. Entré con el corazón latiéndome a toda prisa, con los cinco sentidos puestos en cada objeto, objetos que se realzaban a sí mismos como si tuvieran luz propia, como si fueran un espejismo. Tal es el efecto que suele causarme la belleza: me extasía, me corta la respiración y el habla, me rompo en pedazos de mí misma (no en un sentido negativo, sino aumentando mi superficie de contacto con el mundo) y rompo en pedazos cualquier objeto frágil que trate de asir.

Por eso en un primer instante sólo estuve. No sé por cuánto tiempo. Pero es magnífico cuando uno puede sólo estar, y ser feliz con ello, sin necesidad de pensar en nada. Luego se agolparon en mí los recuerdos y las ideas y las palabras… La última vez salí de aquí con el corazón lleno y un barco de papel en las manos (y un barbero de barro en la mochila ;)) ahora entraba con un barco de papel para siempre en la piel de mi espalda y el corazón como un tangram al que debía buscarle una nueva forma.

Indudablemente sonaba Gardel. Mano a mano en un tocadiscos que imprimía a la melodía tintes melancólicos de auténtico tango. Y la puerta que daba a la escalera…la puerta que subía al Destino…abierta como siempre, invitándote a seguir.

Esa torre…ya pensé que había perdido para siempre esa torre…

Subí sin sentir ningún reparo la escalera. Me sentía segura. Cuando uno encuentra su Destino es fácil correr hacia él: lo piden los pies, la cabeza, el cuerpo entero que grita ¡ahora!

Llamé a la puerta, y una voz me dijo “Pasa Ina, ya tengo listo el café”. No pregunté nada, imaginé que me vio llegar a la plaza, pero me encantó ver que a pesar de los años recordaba mi nombre.
Ahora no quedaban rastros de sus creaciones de papel pero sus innumerables pilas de libros seguían rodeando las paredes, encuadrando fotos y retratos. Por allí encima seguían Las Ciudades Invisibles y volví a sonreír. Desde entonces había vuelto algunas veces al libro y me había regalado conversaciones fascinantes.

-¿ Sabes? Es de esos libros que uno nunca acaba de leer, dije recordando las palabras de Irene. De los que acaba apareciendo una y otra vez en tu vida.

Él sonrió. Era precioso escuchar una sonrisa en el Destino. Era lógico, y normal, pero no por ello dejaba de ser hermoso

–Sí-dijo- A mí me encanta la ciudad de los espejos.

Yo no la recordaba.–No la recuerdo- dije.

-Bueno quizás no exista necesariamente en el libro…quizás ,me la contó Marco Polo allá en el palacio del Kublai Kan…




`[La historia continúa en la siguiente entrada "La ciudad de los espejos"]

La ciudad de los espejos



Mas busca en tu espejo al otro,
Al otro que va contigo.

Antonio Machado. Proverbios y cantares.


Te imaginarás por su nombre que se trataba de una ciudad decorada de espejos: donde la luz se colaba y reflejaba por todas partes…donde las esquinas, las calles y los parques se repetían de una manera interminable. Un laberinto donde todos parecían perdidos y algunas veces ya no sabían quiénes eran ellos mismos y quiénes sus reflejos.

Pero la verdad es que la ciudad de los espejos era una ciudad como cualquier otra. Con sus monumentos, con sus barrios marginales, con su hipocresía, con sus políticos (órgano burocrático de la ya mencionada hipocresía), con sus ciudadanos y ciudadanas, con perros, gatos y algún loro juguetón, con obras jodidamente ruidosas e inservibles, con casas okupadas y muchas más casas sin ocupar.
Con amaneceres por la mañana y atardeceres al anochecer. Con basura escondida e incriminatoria. Como cualquier ciudad, una colmena, un hormiguero, un lugar donde los dioses se preguntan qué fue de la humanidad. Un lugar donde los hombres se preguntan qué fue de los dioses, mientras ambos coinciden sin mezclarse ni conocerse en cafés a media tarde y burdeles en la madrugada. Una ciudad como esa.

Da igual su nombre. Son todas la misma ciudad.

Así era la ciudad de los espejos.

¿Pero entonces qué tenía de especial? Se preguntarán. No tenía nada de especial, pero sí que tenía algo inquietante. El viajero recién llegado no veía nada que la diferenciase sustancialmente de las otras ciudades… La verdad es que hacía falta algo de experiencia y convivencia con sus habitantes para empezar a darse cuenta lo que pasaba allí.

Sé que tardé en apreciarlo. La vida parecía deslizarse con toda normalidad (si es que hay vidas normales, estándares a la norma) (¿¿¿norma???), pero había algo que fallaba en las relaciones humanas y uno no sabía muy bien el qué.

Al principio eran sólo indicios: uno entraba en una tienda, sonreía y daba los buenos días. Unos buenos días monótonos y automáticos respondían, sin ninguna mirada, sin ninguna sonrisa, sin ningún gesto. Sólo un “aquí tiene su pan”. Lo mismo te pasaba cuando bajabas las escaleras y te cruzabas con alguien o cuando chocabas accidentalmente con alguien en la acera: “lo siento” respondía una boca librada de toda emoción facial.

Pensé que la gente se evadía las miradas porque quizás en esta nueva cultura fuese irrespetuoso. O a lo mejor eran poco gestuales porque su etiqueta se lo exigía.

Empecé a observar a la gente en los parques, en los bares, en los lugares comunes y me sorprendí al ver que en conversaciones importantes sí que gesticulaban, de hecho, se desvivían en gestos. La mímica lo era prácticamente todo.

Un día observé en un banco una mujer lloraba. Lloraba como nunca había visto a nadie llorar…lloraba siendo plenamente llanto…lloraba hundida en lo más profundo de su ser, como si su pena dependiese de la calidad de sus lágrimas. La otra mujer que la escuchaba se mostraba profundamente afectada, todo su rostro expresaba aflicción, sus manos hacían gestos de consuelo…pero algo no estaba bien…Ella no la miraba…sus ojos parecían en otra parte…

Así siempre…la gente parecía como ensimismada…como perdida…

En las fiestas se mostraban entusiasmados… en las reuniones reían y se desvivían por contar chistes…en las conversaciones se mostraban atentos…pero siempre como si estuvieran de lejos, como si entre ellos y los demás hubiera un abismo insondable.
Me fui acostumbrando a lo que pensé que sería una manera de vida. Hice amigos, aunque nunca conseguí llegar a intimar con ellos. Fui a fiestas, pero eran extremadamente forzadas… No había lugar a la improvisación ni a la diversión…todo estaba previsto de antemano…

Como una partida de ajedrez en la que se han ensayado los movimientos, de ejecución perfecta…pero nada divertida.

Una noche salí a tomar algo con una chica. Nos llevábamos bien, es decir, todo lo bien que podías llegar a llevarte con gente que no te miraba a los ojos. En un momento de la cena, le estaba contando algo de uno de mis viajes, una historia que me gustaba particularmente. Ella miraba ligeramente a la izquierda de mi cabeza, a unos centímetros de donde estaba realmente yo, donde estaba mi historia, mis labios, donde estaban la amistad y la vida. Y de repente se sacó una barra de labios (un pintilabios) y comenzó a retocarse. Y entonces lo vi: frente a ella, en el camino entre ambos, un poco desviado hacia el lado izquierdo, flotaba un asombroso y casi invisible espejo.

En él ella se observaba y reproducía gestos que tenía muy bien ensayados: gestos de entendimiento, sonrisas de complicidad que parecían casi espontáneas… Y sin embargo a ella no le importaba lo que yo decía, ni siquiera sé si lo escuchaba. Sólo podía verse a ella misma escuchándome. Sentí asco. Un profundo asco. No sé si hacia ella o hacia mí mismo. Y entonces abrí mi cartera, dejé un billete sobre la mesa y me levanté sin mediar palabra.

A ella no le importó lo más mínimo. Se tenía a sí misma, ella y su reflejo…su universo interior…nada más… Además no se sentía avergonzada de que la dejaran tirada en plena cena…sabía que nadie iba a estar mirando…

Porque efectivamente, ahora podía verlo, todos llevaban frente a sí un diminuto y casi invisible espejo que le impedía ver al otro. Su vida era la repetición de la imagen que tenían de ellos mismos, de sus historias y sus intereses. Fingían vivir en sociedad, pero era mentira. Era mentira. Nadie les interesaba salvo ellos mismos. Nadie existía más allá de los espejos. Principio y fin.

Una ciudad cualquiera, con su basura incriminatoria…escondida.



(A las afueras se amontonan vertederos de vidrios rotos, de aquellos que tuvieron que dejar su tierra para buscar un lugar mejor).

viernes, 25 de mayo de 2012

Todo empezó, como empiezan la mayor parte de las cosas que merecen la pena: como un juego. Estaban los cinco tirados en una habitación hablando, sólo eso. O quizás decir sólo eso sería pecar de simplicidad: hablaban y a veces, callaban.
Callaban en silencios que merecen la pena ser contados.

El hecho es que bien podría parecer que perdían el tiempo. Nada más lejos de la realidad: se recreaban.
Estaban sentando las bases de una revolución.
Una revolución en sus vidas, que no es poco.
Preparaban un espectáculo callejero.

Hablaban y a veces, callaban.
Callaban en silencios que merecen la pena ser contados.

domingo, 20 de mayo de 2012

Me dices que no existe. Que no está en el diccionario. Y sin embargo es. No hay duda de que así sea. La reconoce mi lengua que tiembla ante su presencia, que se estremece con su tacto ya sea de lija o de algodón.
Dan fe mis poros, mis pelos enervados por una piel que se encoge y retrocede.

Le tengo miedo o la amo o la sueño o la percibo o la ignoro o la sufro.

Es la no-palabra. Que no el silencio. Que no lo omitido. Es esa palabra que suena con la potencia de la tormenta sin que la boca exhale el más mínimo sonido. Es lo que nos contamos cuando cruzamos las miradas y soñamos un beso. O ejecutamos un beso.

Es la no-palabra. La que se despeña de tus labios y vaticina una sonrisa. O un chiste. O la metralla de un adiós.
Es esa capaz de enaltecerme o de humillarme. Esa que me susurra un nombre al oído cada vez que escucho las palabras “chocolate”, “peluca”, “azul”, “papilla”, “puta” o “amarillo”.

Es la no- palabra entre las palabras, la que siempre dice la mayor verdad. La que golpea con mayor ahínco mis sentidos. La que a veces sobresale entre el ruido. La que destaca entre los pliegues de la nada. La que tiende puentes. La que abre abismos. La que sobra en los discursos de los políticos y la que nunca supieron atrapar los poetas.

Y su percepción…( ¿don o castigo?), …nos persigue a las afueras de los léxicos y los idiomas. Nace en el origen de lo humano. Juega con nuestros destinos y nuestros azares.

Y dices que no existe. Y sin embargo yo la temo.
Y la amo.
Y la sueño.
Y la sufro.
No puedo ignorarla, porque la percibo:
tengo los ojos y los oídos hechos a ella, a la no-palabra.

miércoles, 28 de marzo de 2012

A veces...

La vida, a veces es una selva tupida, llena de vegetación, humedad relativa del 200%. Otras veces es desierto, arena caliente, noches frías y gran luna.
Mire a donde mire mi vista sólo alcanza a ver arena.
Un paso, otro, huellas.
Una vez conocí una selva.
Me separan de ella kilómetros de océano y un insistente y atroz paso de horas.
Hoy toca desierto.
LA vida parece molesta, cualquiera diría que le han robado (una hora, para ser exactos)
(y un par de corazones, para ser concretos).
Sin embargo ¡bendito espejismo! Entre días de paisaje inmutable aparece una choza.
Me acerco.
Tapado con una madera hay un pozo.
Dudo hasta el instante en que lo toco, en que mis manos admiten su existencia.
Existe.
Existe.
Hasta que no contemplé la posibilidad de que existiera el agua, no había sentido mi verdadera sed.
Y allí estaba.
Mi sed.
El agua, el pozo.
Mi sed. Mis huellas.
Pero mis ojos ya buscaban más allá, hacia la choza.
Un pozo sólo existe porque una boca así lo requiere.
Porque una sed le da consistencia y forma, lo cava y explota.
Y he aquí que mis pies casi corrieron hasta la puerta,
mi sed buscando otra sed con la que identificarse
mi boca asombrada de la posible existencia de otras bocas.
Desierto.
La vida a veces es selva, a veces desierto.
El agua a veces se abre paso como lluvias torrenciales
pero es en el mismo seno del fuego
donde uno comprende su valor.
Boca.
Tras una puerta entreabierta que existe.
¡Dios! Me apoyo en su existencia para no caer,
sobrepasada por la impresión de que verdaderamente exista.
El pozo.
La choza.
Yo misma y mi sed.
La vida.
Boca.
Una boca de un anciano existe y me sonríe tras una mesa en una habitación casi vacía.
Me invita a sentarme, me ofrece té.
Parece muy sabio.
Me quemo en la impaciencia de beber.
Él se ríe, su risa me da a entender que él ya se ha quemado muchas veces.
Trata de decirme algo, gesticula.
No lo comprendo.
Manos. Manos que hablan como si lo supieran todo. Como si tuvieran vida...
Vida.
Me río y me encojo de hombros, con un gesto que quiere decir que no lo comprendo.
Y sin embargo ahí me quedo mirándolo, ensimismada, observando sus gestos.
Yo trato de explicarle mi camino, hablarle de la selva, de las dunas, de las ciudades invisibles, de las ciudades que no duermen, de las ciudades con mar, de los amaneceres de luna porque nunca conseguí ver amanecer al sol...
De mis huellas.
Él sonreía y se encogía de hombros, es probable que no me entendiese.
Así pasamos las horas. Porque el desierto no entiende de relojes. De los jodidos relojes no entiende el desierto.
La vida a veces es selva, a veces desierto.
A veces es sólo vida.
Y entonces es cuando más merece la pena.
Cuando miras a tu alrededor y no hay prácticamente nada.
Noche.
Esa noche, cansados de hablar, el anciano se tumbó en un jergón. Yo me enrollé en mi abrigo y fingí que dormía.
Cuando escuché su respiración tranquila, de sueño, salí a la noche.
Noche.
Miré al cielo cuajado de estrellas.
Una pasó como si huyera.
Fugaz.
No porque fuera fugaz, sino por sentirme identificada, me sinceré con ella.
Y mi boca y mi sed le gritaron a la noche:

¿Quién pude enseñarme el idioma universal?
Porque yo al menos, no entiendo al amor.
La vida... a veces...



[Al mayor de mis espejismos, gracias por toda la poesía que me has regalado. Gracias por existir, aunque no pueda definirte ni alcanzarte ni en el espacio, ni en el tiempo]

domingo, 15 de enero de 2012

Con la cabeza entre las manos...

Con la cabeza entre las dos manos, las dos mismas manos que una semana atrás jugaban al deseo, pensaba. Pensaba y trataba de hacer lo que tarde tras tarde se le resistía: comunicar la belleza. Era mercenaria de las palabras, cobraba por cada semana llenar una columna de mentiras o verdades (daba lo mismo), de entretenimiento, a los ojos de millones de lectores anónimos. Personas que durante unos minutos olvidaban sus complejidades y se dedicaban al bálsamo episódico de la literatura.

Y todo empezó porque quería comunicar la belleza. Rozar con las palabras y los sonidos ese lugar de los sentidos que se estremece de placer y poesía. Con las pequeñas cosas, con la facilidad de anonadamiento de los niños. Así de sencillo y de complejo, dejarse anonadar por la vida y contarlo. ¡Sorpresa!

Unos labios que contienen un suspiro que contiene una esperanza. Un deseo que impertinentemente se adhiere a unas manos que sostienen una cabeza que piensa. Unas gotas que repiquetean un cristal recién limpiado. Todo para nada. Se asoma al abismo de los papeles en blanco y no ve hermosura.

Ya son años de prostitución de lengua y arte y ningún sólo acto queda atrás para redimirse. Pasan horas y pájaros. Peces de asfalto y ciudades grises sin mar. Cierra sus cuadernos y evoca, ahora sí, la belleza. Pero es tan pequeña, tan fugaz que se escapa entre una letra y la siguiente.


(…)


Esa noche volví a casa de McMallisart, allá en calle 46. Había sido un día melancólico en el que después de haber amasado como dos kilos de galletas terapéuticas en forma de corazón, de haber regado todas mis plantas y de acabar un mandala, salí a la calle sin rumbo fijo. Tenía el alma tipo-queso-cheddar , las manos llenas de cadáveres de deseos y el corazón sediento por una vez de hermosura. Llevaba un año en una ciudad lejana tratando de hacer algo con mi novela. Por ahora sólo había conseguido aprehender la intuición de una soledad que se apegotonaba en los tubos de escape de los colectivos.

Sin ninguna duda necesitaba la máquina de McMallisart. Esa máquina que conseguía arrancarme las penas y devolverme nueva y cargada de energías, una máquina extraordinaria. McMallisart no ponía objeciones a que cada cierto tiempo me colara sin previo aviso en su casa y le revolviera la cocina. Era costumbre en aquél lugar. A cambio sólo me pedía una noche, de palabras e historias. Desconozco si a los demás les hacía pagarles con lo mismo, quizás cada uno le retribuía con aquello que supiera hacer mejor. No es que contar fuera lo mejor que yo supiera hacer, era lo único por lo que vivía. Mi decisión de dedicarme a la literatura estaba tomada antes siquiera de que yo intuyera lo que era leer o escribir. Algo así viene grabado en los huesos (los genes son muchísimo menos poéticos).

McMallisart estaba pintando así que ni siquiera utilizó su máquina: sólo me abrió la puerta y me dijo “ahí tienes todo lo que necesitas”. Era increíble: una cocina entera llena de cajones pequeños y puertecitas diminutas, detrás de las cuáles había sustancias de todos los colores, texturas y formas, especias traídas de todas partes del mundo, cafés, tés, sustancias dulces y amargas, un poco de todo. Uno las mezclaba sin saber muy bien qué hacía y la máquina iba cambiando de color según el ingrediente que añadiese. Era mágico, era hermoso, ojalá pudiera describir su belleza.

El hecho es que una vez que la máquina dejaba de lanzar ruidos y vapores, olores y sueños, un pequeño apartado se abría y salía un vaso humeante. Uno lo bebía. Y así empezaba a cambiar todo: la melancolía poco a poco se diluía y una esperanza empezaba a tomar forma en algún lugar que no sé ubicar (tanta anatomía para nada).

Esa noche pinté un cuadro y le hablé como siempre a McMallisart de las cosas hermosas sobre las que no podía escribir: las estrellas del cielo sobre la selva, un biombo que dejaba entrever, la historia que me robó la vida y la vida que me robó una historia, un universo de lentejas esparcido por el suelo, una sonrisa mientras se abre un sobre, unos fuegos de artificio, una noche a la intemperie, una noche sin noche, el cristal de unas gafas de cerca, la calle de atrás de un chino… Y así pasaron las horas hasta que McMallisart se durmió, yo pinté un boceto más, le escribí un par de líneas y me fui.

Pasó bastante tiempo antes de que volviera a recordar a McMallisart y su máquina, las cosas después de todo empezaban a irme bien. Esta vez no fue mi melancolía la que me hizo recordarlo, sino un cúmulo de tristezas de los demás. Muchas de mis personitas estaban tristes y yo no podía hacer nada. Nada que se me ocurriera.

Tanto sufrían mis personitas que al final una idea vino a ocupar mi cabeza. Nada de lo que pueda enorgullecerme, he de avisar. Pensé que si McMallisart tenía ingredientes para la alegría, podría robarle unos pocos y repartirlos entre aquellos a los que amo.
Dudé, dudé, dudé… y al final me decidí. Cuando llegué a casa de McMallisart ya llevaba la culpa colgada de los labios y el crimen anclado en los dedos. Y al dormirse, llené mis múltiples bolsillos de todo lo que pude encontrar y me fui, por primera vez sin ni siquiera dejarle escritas un par de palabras.

Nunca más volví a ver a McMallisart, no porque no lo buscara sino porque cuando volví a aquel departamento en calle 46 estaba vacío y ni siquiera quedaba rastro de sus murales o de sus muebles, de sus cajones o sus extraños objetos intrigantes. Nada. Ni un rastro de que hubiese pasado por allí una de las personas más sorprendentes del universo.

Que el amor no es justificación, sino justicia lo aprendí a golpe y porrazo de desierto y vacío. Porque esa noche perdí parte de mi felicidad y mi alegría. No por la máquina estrafalaria de McMallisart, que no era (aunque tardé más de lo necesario en darme cuenta) sino otro de los estrafalarios objetos de los que se ayudaba para contar historias. No tenía nada de especial esa absurda cafetera, como no lo tenían los ingredientes de los cajones, simples colorantes. La melancolía se esfumaba porque uno compartía su tristeza y McMallisart estaba allí para escucharlo, porque tenía una forma especial de hacerte mirar el mundo, de forma que te resultaba fácil ver su belleza. Fui ingenua y egoísta y por eso perdí.


(…)


Con la cabeza entre las dos manos, las dos mismas manos que una semana atrás jugaban al deseo, pensaba. Pensaba y dejó de tratar de hacer lo que cada tarde se le resistía, la belleza no podía atraparse. La felicidad tampoco. ¡Sorpresa!

Unos labios dejan partir un suspiro que contiene una esperanza, los sentidos se estremecen de placer y poesía. Unas manos buscan nuevos deseos que se adhieran impertinentes a sus dedos. Tan fácil y tan complejo, como ser un niño y dejarse anonadar por la vida ¡Sorpresa!




[Estas palabras nacen de dos de mis necesidades. Una, transmitir la belleza, otra dar consuelo a muchas de mis personitas que resulta que están tristes. Ni una ni otra he podido suplir. Porque la belleza no puede atraparse, ni la felicidad tampoco. Llevo semanas queriendo escribir algo que os devuelva las sonrisas. Pero no soy capaz. Sólo sé que tenemos que volver a ser niños y poder jugar y dejarnos sorprender. Si no, podéis pasarse por casa, tengo una cafetera con tanta personalidad que nada le envidia a la máquina de McMallisart (ver la entrada rebelión en la cocina) y podemos compartir libertad y belleza. Os quiero personitas.]

jueves, 15 de diciembre de 2011

Quién tuviera la sencillez en la palabra para sin dar muchas vueltas escribir, fácil y sencillo lo que se quiere decir.
Yo no la tengo. No desde que me robaste la poesía a golpe y porrazo de sonrisas perturbadoras.
No desde que busco un lugar en el mundo, tan lejano que mi corazón no pueda alcanzarme.
Desde que rompiste la integridad de mi sexualidad y mi esperanza.
Ya no queda nada sencillo.
No en este mundo de sobresaltos precordiales.
No en el nacimiento del verso, en el vertiginoso abismo de la vida.
Quién tuviera la madurez temprana de la fruta,
para caer irremediablemente en los brazos del vacío.
Lejos, lejos de tu inexistencia o lejanía.
Donde esta plaga de recuerdos haya pasado
y mi cuerpo convaleciente vuelva a estremecerse
en la verdad de un mundo donde la belleza no quede prohibida.
Quién tuviera la sencillez de la palabra adiós.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Papeles mojados

Para ser escritor tienes que sorprender, usar palobras (palabras brutales sacadas de diccionarios cultísimos)y giros gramaticales hacer incomprensibles...

Para ser fotógrafo la clave es hacer fotos y sacarlas en GRANDE, EN GRANDEEEE...

Para triunfar hay que ser líder y eficiente y competitivo...

Para seducir...escalera de corazones...saber jugar y tirarte un farol...apostando fuerte, claro...

Para convencer blabla tienes que blabla hablar mucho y muy blabla rápido, para no dar tiempo a blabla pensar (¿pensar?).

Para sorprender basta que copies las sorpresas curradísimas de las películas.

La cultura es para los cultos, que son gente que saben demostrar que leen o van al teatro (da lo mismo que se queden dormidos).

Las chaquetas y las corbatas sacan a pasear a sus ejecutivos a eso de las ocho, para cumplir su papel de ser vistas.

Para ser artista da igual lo que hagas, lo importante es que lo cobres bien.

Para ser agradable basta un pequeño tomo de frases hechas (lo malo es que lo venden en volúmenes de a uno y lo difícil es encontrar el volumen adecuado en el momento justo).

Voy por la calle y veo la acera llenas de papeles. Papeles que esperan ser representados.

Llueve y todo el mundo corre a refugiarse con la cabeza gacha, nadie quiere ser papel mojado.

Nos replegamos sobre nosotros mismos (papiroflexia)...

Y deseamos cambiar los papeles con cualquiera y llevar corbata, pasar por cultos, seducir con nuestras palobras, cobrar por nuestro arte, hacer cosas grandes, GRANDES...

Pero cuando la lluvia corre por nuestro rostro y nos quedamos sin un papel que representar... cuando perdemos los papeles...cuando nos encontramos con nosotros mismos...

Tenemos miedo.


(Conclusión: Como es el hombre del saco un invento feroz de los adultos para controlar a los niños,los papeles son un invento feroz de las aceras de las ciudades, que se usan para educar a través del miedo, la conducta de los adultos).

Cuando nos encontramos con nosotros mismos...
Tenemos miedo.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Un día salí a la noche y quise una estrella. En universo se expandió y se contrajo. Pero nada, absolutamente nada, de lo que hiciera, sirvió para alcanzarla.

Una noche salí al día, y quise que no se apagaran las horas de luz. El sol danzó ante mis ojos. Pero nada, absolutamente nada , de lo que hiciera me sirvió para alcanzar un solo rayo.

Entre una noche y una mañana, esperando, recogí el rocío del amanecer. Quise atraparlo. Pero nada, absolutamente nada, me sirvió para atreverme a levantar los ojos y mirarlo.

A mis espaldas, sin que yo pueda verlos, escondiéndose entre las sombras, me siguen a diario una estrella, un rayo de sol y mil amaneceres. Yo sigo buscándolos en el cielo. Y ellos siguen jugueteando conmigo en la tierra. A veces pienso que debí estudiar astronomía.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

¿Por qué no?

Siempre desecho muchos de mis escritos, principalmente mi poesía. Es normal, literariamente no vale mucho la pena. Hoy estaba buscando relatos míos que merecieran la pena ser trabajados, para conseguir algo digno de leer. He llegado a varias conclusiones:
-Número uno: ninguno es gran cosa
-Número dos: a mí me molan todos muchísimo. Serán porque me expresan y son tan parte de mí como mi mano o mi pie.

Así que ¿por qué no compartirlos? También son trozos de mi vida, también muestran una parte de mi.
Así que allá vamos con una de poesía (o algo por el estilo):

POEMA DE MEDIA NOCHE

Te miro
me miras
nos miramos.
Tiramos
hacia nosotros del mantel del universo
volcamos platos, vasos, estrellas y cometas.
Giramos veletas
con nuestro aliento.
Dominamos el viento
entre nuestras respectivas bocas.
Nos reímos de lo imperfecto
y cabalgamos desbocados sobre las olas.
A solas
en ti me miro
en mí te miras
nos miramos.
Alcanzamos
lo que no pudimos con los brazos estirados.
Morimos sin saber bien el motivo.
Resucitamos
cautivos uno presa del otro.
Nosotros:
no tú ni yo sino nosotros.
Ni te miro, ni me miras,
nos amamos
sin importar el fuimos ni el seremos
ni de donde venimos y ni a donde vamos.
Buscamos sedientos
el desierto
y sin saber donde estamos
nos bebemos nuestras almas.
Sin prisas.
Sin calmas.
Desdoblamos el espacio,
desaparecen las dimensiones
que separan los cuerpos.
Despacio,
flotamos en la intangencia
del que es sólo uno.
Inoportuno,
el tiempo y su impaciencia
nos insta a desistir
pues teme podamos vencerlo.
Y no sin razón pues detenerlo
está en nuestras manos.
Nos miramos.
Deliramos.
Como si nos robaran el ahora
rasgamos los segundos y minutos
los convertimos en horas.
Nos cargamos los relojes
hacemos cola
a la puerta del Paraíso.
Ruborizamos a San Pedro.
Caemos en el abismo.
Nos exorcizamos.
Respiramos.
Cada cual vuelve a ser él mismo.
Sonreímos.
Nos miramos.
Me miras.
Te miro.
Nos abrazamos.
Y dormimos. (y soñamos)


TE SALUDO


Te saludo
con mis ojos entrecerrados por el sueño te saludo
y me voy despertando en húmedos parpadeos sólo para saludarte
y cuando me acerco ya te has ido
de nuevo a dormir a la periferia de mis sueños
donde nunca puedo alcanzarte.

Y entonces…
entonces… abro los labios
en el desesperado beso de despedida.
Pero ya te has ido con los últimos rasgos de la noche,
a recoger tu imagen en mismísimo seno azul del fuego.
A refugiarte en esa escurridiza llama
que me incendia bajos los pliegues de la vida.

Te has ido, y en la despedida,
congelada,
he vuelto a romper sin medida cacharros absurdos,
llenando el mundo de pedazos inservibles de esperanza s y temores.

Y soy consciente de que sólo me queda cerrar los ojos y esperarte.
Esperar a que esta noche,
cuando vuelva a los placeres voluptuosos del sueño,
aunque sea en forma de reflejo o visión o sombra,
vuelvas a mí.

Y a la despedida,
prometo esta vez no abrir los ojos,
quedarme contigo para siempre,
abrazados en el supremo mundo donde ninguno de los dos existimos.
En el recuerdo de ésa, nuestra vida
en el feroz hipocentro del mundo.

Allá,
allá donde no existe la mañana
y podemos desearnos para siempre
buenas noches.


NO VENCERÁ LA ADVERSIDAD



No vencerá la adversidad
Ni vapuleará tu alma este anochecer en el mediodía.
No vencerá ni el pasado ni el futuro
Porque tú desde que naciste del seno
De la madre tierra estabas destinada al ahora.

No vencerá la adversidad
Porque volverá la embaucadora llama de las velas, titilante
A iluminar tu camino.
¿Para qué las luces artificiales e inexpresivas?
Los ojos del alma, esos son con los que tú reluces.
Y nunca, nunca, los apagará la adversidad.

Ahora se quiebra tu voz y hasta tu silencio.
Aparece tras de ti cabizbaja tu sombra
Portando los retales de vida que vas dejando en el camino.
Y sin embargo te esperan,
Entre los arbustos y los gorriones
Entre las fuentes y los nuevos atardeceres (ahora vespertinos)
Las sonrisas y los abrazos y los besos.

No, no te vencerá la adversidad.
Porque improvisas primaveras por las esquinas
Y floreces con ellas y haces florecer contigo.
Génesis primigenio de esperanzas.

Contigo, magia creadora y recreadora
no podrá la adversidad.

viernes, 15 de julio de 2011

La mujer de arena

La luna me está mirando, llena casi como un plato y el mar... hoy sí que es de plata. Cierro los ojos y trato de acomodar mi respiración a un ritmo adecuado. Pero la sangre me golpea con una fuerza, que necesita todo mi resuello... No tengo valor para volver a subir los párpados. El agua lame mis pies, pero no encuentro placer en ello... Sé que cuando vuelva a mirar, no estará ahí.

A la de una, a la de dos, a la de tres...

Un muñeco de arena me sonríe, descomponiéndose levemente por culpa del levante. ¡Parad los vientos por favor! ¡Parad los vientos! Grito desesperada en medio de la playa desierta, en la noche desierta. Mi voz resuena en los barrancos. Mis lágrimas, que caen sobre sus impersonales ojos de tierra, aceleran su fin.
La marea que sigue subiendo, se llevará los trozos que queden de él, a alguna otra parte. Me gustaría y sé que a él le gustaría acabar en algún arrecife de coral, redeado de peces de colores. Quizás en la próxima luna llena, ser una de sus escamas.

Me advirtió que era un sueño, pero ¿acaso no somos todos seres soñados? Imágenes construidas de pedazos pequeñitos, minúsculas montañas y castillos de arena, agua y aire.

Una noche de luna llena como hoy llegó a una playa, llorando a los mares: pidiendo ser piedra para no sentir. Y yo le devolví la vida poco a poco, beso a beso. Como el río que dibuja cañones, o el viento que deshace a la montaña. Le convertí en arena, en nada. Me convirtió en arena en nada. Aquí estamos pulverizados. Muñecos. Granos que se deshacen, montículos de antigua vida...

A la de una, a la de dos, a la de tres...

Se atreve a abrir los ojos. Me mira. Piensa "no está nada mal mi muñeca". Y juguetea con mis manos, obra de sus dedos y también de su congoja. A mí me gustaría gritar, que mi voz retumbara en los barrancos: "que se paren los vientos". Pero los vientos siguen, las olas me siguen lamiendo los pies y amanece. Y ya él no pide ser piedra. Lo he curado. Querría seguir acariciando su piel, y en el fondo lo hago. Mientras no salga de esta playa, mientras queden granos de mí en su colchón seguiré estando viva... Qusiera que lo supiera...que le devolví la vida poco a poco...beso a beso...
Pero no puedo hablar...yo sólo soy un ser soñado.

lunes, 11 de julio de 2011

Rebelión en la cocina

Despierto. Saco de no sé dónde una cafetera. La lleno de agua. Café. La enrosco. ¿De dónde saqué la cafetera? Abro el microondas. Intento meter la cafetera en él. Pero algo no cuadra. La cafetera no cabe. La miro hostil. ¿De dónde has salido, cafetera? Desde su curva me mira mi propia cara deformada. ¿De dónde has salido, Ina?. En un acto de paciencia matutina la desmonto, para ver si la he armado como siempre. Café, agua, enroscado. No es demasiado difícil. Pero no cabe. ¡No cabe! Inclino la cabeza como si con ello ayudara al pensamiento. No entiendo nada. Dejo la cafetera sobre uno de los fogones de la cocina. Y me dirijo al baño.
Entonces, antes de salir por la puerta de la cocina, una luz ilumina mi mente. Me vuelvo. Veo mi rebelde cafetera reposando plácidamente en el fogón, como si estuviera donde debería estar. Como si hubiera consumado su propósito de poner fin al autoritarismo de mi sueño.
Empiezo a reírme. Rio a carcajadas. Me tiro literalmente en el banco de la cocina a reírme.
Cuando se me pasa la risa enciendo el fuego. Cierro el microondas. Sigue impávido, no tiene tanta personalidad como la cafetera.
Me encamino de nuevo al baño y escucho a Bob Dylan protestando desde mi cuarto porque ya debería estar hecho el café.
Salgo de la ducha justo en el punto más álgido de la batalla de la voz de mi cafetera con la de Bob Dylan. La retiro del fuego. Vierto un dedo de leche en la taza para batirla y conseguir un poco de mi ya ritual espumita. Luego mezclo leche y café a partes iguales. Aspiro el aroma. No hay nada como comenzar la mañana riendo a carcajadas.
Me siento ante el ordenador a escribir, con mi tan sufrida taza de café.

- Lo siento Bob, hoy había rebelión en la cocina.

Pongo un “posit” amarillo al lado del que dice “Por muy tarde que llegues, no metas los apuntes en el congelador”. Este lo escribo en mayúscula: “RECUERDA SUBIRLE EL SUELDO A LA CAFETERA”.

[A veces la vida supera a la imaginación]

jueves, 23 de junio de 2011

Historias del circo I

I. EL DESEQUILIBRIO

Nunca nadie manejó el arte de volar como Shedu. El suyo era un tiempo agradable para los niños y para el circo, aunque usar Shedu y tiempo en dos frases consecutivas bien podría destrozar toda la veracidad de mi relato: porque cuando Shedu subía al trapecio, el tiempo dejaba de existir...

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Fue el tiempo lejano y parcialmente olvidado en el que yo era una niña de ocho años que descubría por primera vez el circo. Ese verano cambió todo o terminó todo o quizás empezó todo... Lo cierto es que fue un verano feliz.

Mi casa era una de esas que aún quedaba a las afueras de una ciudad en constante crecimiento, y por eso yo envidiaba a mis amigas que ahora en vacaciones podrían pasear por calles llenas de gente y ver a los mimos y músicos en las grandes avenidas peatonales. Por mi parte, pasaría el verano recogiendo lagartijas y caracoles come-girasoles de la vereda, tirada en las horas de puro sol bajo los olivos esperando aparecer los duendecillos de las aceitunas.

Un par de veces al día pasaba el tren y yo lo observaba muda sobre mi cabeza...siempre sobrecogida por la idea de que un monstruo enorme y ruidoso de metal transitara por encima mía. Desde pequeña mi padre había intentado explicarme que es normal si vives en la loma de una montaña que haya cosas sobre ti. Pero a mí no me parecía tan lógico: las cosas pesadas debían estar definitivamente unidas al suelo y las más ligeras sobre ellas. Era mi más firme convicción infantil sobre la disposición de las cosas y por ello era verdad: pura física, pura lógica y puro equilibrio.

Ya habían pasado los diez primeros días de julio y el aburrimiento se estaba apoderando de mí. Había conseguido entretenerme unos días en la construcción de una casita de madera para mi gallina favorita, y luego un par de ellos persiguiéndola para intentar que entrase en ella. A ello le siguieron un par de días de desilusión y después...nada.

Pero ese verano iba a ser diferente: a los pocos días empezaron a llegar a la explanada junto a nuestra casa camiones, coches y caravanas... Pregunté intrigada: era el circo. Mamá me dijo que tuviera cuidado con los circeses, que podían ser gente muy extraña. Siempre he creído que los padres no saben el reclamo que resultan las palabras “extraño” o “peligroso” para los niños.

Esa misma tarde paseaba entre las caravanas y los camiones, de donde gente por lo demás bastante normal, descargaba disfraces llamativos y multitud de objetos desconocidos para mí. Me quedaba embobada escuchando las órdenes enfadadas de uno, las bromas celebradas de otros, pero justo ese día vinieron mis primos a casa y mi madre vino a buscarme con cara de pocos amigos.

Al día siguiente me levanté con la idea fija de buscar a los payasos y me perdí entre caravanas y ajetreados circenses, sin encontrarlos. En un momento dado me llamó la atención las faldas vaporosas de bailarina que llevaban unas mujeres por allí...me acerqué a ellas pero entraron corriendo bajo la carpa.

Hablaba a ratos con mucha gente distinta y Mauricio, uno de los domadores, siempre me invitaba a limonada fría cuando empezaba a caer la tarde, después de haber terminado su actuación vespertina.
Me había enamorado del circo y a ratos quería ser contorsionista, payaso o domadora. Lo extraño es que me encantaba lo que ellos me contaban que era el circo, pero nunca había estado bajo la carpa para ver sus actuaciones. Me parecía emocionante lo que Maricio hacía con los leones o chistoso eso de que Luis le tirara tartas en la cara a Luca. Pero los leones o incluso las tartas sólo eran producto de mi imaginación. Por eso esa tarde, cuando conocí a Shedu, sólo pude imaginármelo agarrándose a las telas y colgándose de ellas: pero no me pareció hermoso ni grácil, porque mi mente no podía concebir la idea de que un hombre de su tamaño pudiera simplemente alzar los pies del suelo.

Para mí el trapecio, la cuerda aérea o la tela eran territorio de la mujer, ligera aunque fuera fuerte, capaz de moverse en el aire por su arquitectura ligera y nada angulosa.
Y sin embargo todos decían que ver a Santi en el aire, era el mejor espéctaculo del circo.
Creo que no lo conté antes: Shedu se llamaba Santiago Pérez, pero le habían cambiado el nombre porque no era artístico. La verdad, yo tampoco creería nunca que alguien que se llame así pudiese volar, pero era un nombre bonito: así se llamaba mi abuelo el de la costa, el que tenía el barquito e iba por las rocas recogiendo cangrejos y burgaillos. Se lo conté, pero no sabía que era un burgaillo, lo mismo sólo existían en el sur (pensé yo). Él a cambio me contó la historia de por qué Shedu. Yo sin embargo sólo lo escuché a medias, pensando como estaba en el vaivén de la barquita del abuelo.

Pasadas las primeras semanas, la gente empezó a comprar menos entradas y quedaban asientos libres así que me invitaron a entrar y ver por una vez el verdadero circo.

El simple hecho de atravesar el hueco que las dos telas de la carpa dejaban libre para pasar al público era emocionante. Dentro, cientos de niños sonreían, miraban a todas partes, se entusiasmaban e impacientaban mientras cientos de adultos trataban de disimular lo entusiasmados e impacientes que estaban, mirando a todas partes... Un redoble..., luces que se apagan..., luces que se encienden.., humo..., Antón que vestido de lentejuelas nos saluda y nos da la bienvenida a su circo...

Y así comenzaba la magia...Nunca ni en mi más fantástica imaginación de niña pequeña y creativa hubiese sido capaz de imaginar aquello. Las imágenes y sentimientos se agolpaban en mí, de forma que no sabía si quería reír, llorar o incluso a veces gritar de miedo al ver a los verdaderos leones, las verdaderas tartas, los verdaderos bailes.

Pero nada cambió mi vida como el momento en el que vi a Shadu subirse a las telas y al trapecio.
Su espalda y su pecho, ahora semicubierto con una malla ajustada, se veían más grandes aún que cuando vestía ropa común: sin embargo sus músculos y tendones, contraídos para hacer el esfuerzo de sostenerse en el aire, no parecían darse cuenta del esfuerzo. No temblaba, no dudaba.
Giraba, se envolvía, se balanceaba, se dejaba caer, se sostenía con los pies. Volaba.
Y yo temblaba, dudaba, contenía el aliento, me sentía caer. A veces quería girar la cabeza o mirarme a los pies, pero como un imán su imagen volvía a atrapar mi mirada.
A veces sentía que yo era la que estaba bocabajo. Y entonces comprendí que yo no sabía nada de la física.

Comenzó a columpiarse y sus brazos, demasiado grandes para que parecieran alas, demasiado toscos en tierra, parecían continuación de la tela en el aire. Ligeros, suaves. Entonces se soltó y literalmente planeó por los aires hasta alcanzar un trapecio en el que ninguno de los que estabábamos allí habíamos reparado antes. Mi corazón se paró, dejé de respirar, y comprendí que si él estaba vivo y todos nosotros (helados, sin sangre ni oxígeno en nuestras venas) seguíamos vivos, era porque el tiempo se detenía. No era lógico, pero tuve una firme convicción infantil de que era verdad. Quizás hasta ahora, yo no sabía nada de la lógica.

Y tras quién sabe cuánto tiempo más, o no-tiempo más estuvo allí, haciéndonos creer lo imposible, hasta que tras un triple giro cayó de pie sobre la tierra, apelmazada por unas cuantas actuaciones y por el miedo al aterrizaje. Y el circo se puso en pie. Los corazones de repente volvieron a funcionar, el tiempo volvió a su sitio, se sacudieron los cuerpos en vítores y palmas. Y yo me sentí mareada, no podía seguir viendo nada más. Como estaba junto al pasillo me levanté y comencé a bajar las escaleras, temblaba. Tropecé y rodé hasta el final. Tampoco sabía nada del equiibrio.

Ni que decir tiene que esa noche no pude dormir, ni las siguientes. Me había enamorado de Shedu, de Santi como me gustaba imaginar que le llamaba. Y pasé todo el verano unida a los circenses y al trapecista. A veces le bromeaban a Shedu, sobre la niñita que le perseguía a todas partes y le idolatraba. Pero él siempre era amable conmigo y yo sólo soñaba con crecer.
Fui invitada a cada una de las actuaciones, que al acercarse a mediados de agosto estaban ya casi vacías de gente. Y un día cuando me levanté por la mañana para ir a visitarlos, se habían ido. Lloré durante días por lo que me tomé como una traición y un desamor, ambas cosas juntas.
Pero lo peor era ver la explanada vacía, cubierta por las huellas y los recuerdos de lo que fue un verano perfecto.

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Ese verano cumplía veinticinco años y acampaba con unos amigos en la costa de Cádiz. Había decidido irme al sur después de tanto tiempo, a rememorar la infancia con mis abuelos andaluces y a averiguar qué eran los burgaillos esos de los que siempre hablaba mi padre.

Estábamos pasando un verano magnífico, disfrutando de la playa y de la gente. Cantando y riendo.
Un día vimos un cartel del circo. Hubiese reconocido la cara de Luca en cualquier parte, por mucho tiempo que pasara.

Nadie entendió mi cambio de ánimo y mi posterior insistencia para que fuéramos. Siempre había criticado al circo, en mi despecho por haberme dado lo más hermoso y de golpe arrebatármelo un día. Sin embargo había algo dentro mía que necesitaba ver de nuevo a Shedu.

La tarde del espectáculo para el que teníamos las entradas, me colé por entre las caravanas, que seguían todas iguales. No me costó encontrar la del trapecista. Llamé. Una mujer bonita en mallas rojas me abrió la puerta. De repente todo dejó de tener sentido. Hacía 17 años de aquél verano. La ciudad se había tragado ya mi casa, la explanada e incluso puede que mi alma y allí estaba yo, persiguiendo mis ilógicas fantasías de cuando tenía 8 años.

- ¿Eeeeee....eeeeee....está Santi?

Shedu se acercó a la puerta y me vió. Tuvo un momento de duda pero entoces sonrió con su sonrisa franca y me abrazó.

- ¡Pequeña! ¡qué sorpresa!

Salimos a hablar, y caminamos acercándonos a la playa. La gente se sorprendía: ya llevaba puesta la ropa para la actuación. No parecía haber pasado el tiempo por él, sin embargo yo sí que había cambiado y las leyes de la lógica también.

Reímos, nos contamos nuestras respectivas vidas y cuando iba a irse le besé. Así yo creía cumplir un rito y dar por acabada, ahora, mi niñez. Como cuando te das cuenta de que tus héroes no son reales, yo acaba de hacer terreno al hombre que yo misma convertí en épico.

Y a la hora de entrar bajo la carpa, cuando volví a sentir esa sensación de emoción, algo parecido al miedo se apoderó de mí. Un vértigo indecible. Dije que me había dado mucho el sol, nos fuimos al camping de vuelta...

A la mañana siguiente el circo canceló sus actuaciones, todo el mundo hablaba de trágico accidente.
Él era capaz de volar, de alcanzar el cielo y codearse con los dioses. Yo introduje en él el desequilibrio, como un mosquito que contagia de una enfermedad letal. Ese día los brazos quisieron ser brazos y no alas...

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Yo introduje en él el desequilibrio...Y lo introduje en mí. ¿A dónde estarán las leyes de la física? ¿A dónde la lógica? Las busco tras los cuadros, bajo la cama, entre los granos de arena, en las despiadadas calles de la ciudad. Los altos edificios se alzan hacia al cielo, en otro intento de los hombres de acercarse a los dioses (quisiera pensar que la gente no se hacina por otro motivo). Sobre nuestras cabezas vuelan millones de cacharros enormes de metal, nada gráciles, nada ligeros. Yo abro las bocas de la gente que me encuentro por la calle buscando dentro la lógica...pero no está...no está... Ellos se indignan demasiado. En los libros, en los rostros...no queda rastro del equilibrio...No. No queda rastro del equilibro...

lunes, 13 de junio de 2011

Torre vigía

(Aviso a navegantes: es un texto largo porque es la adaptación de un cuento para contar.)

Hay una plaza en Cádiz a la que uno sólo llega cuando no se lo plantea. Está tan escondida, que es imposible buscarla de antemano. Tropezarse con ella mientras se deambula es la única forma de encontrarla. En esa plaza, uno se encuentra con el destino.

No estoy siendo metafórica: “El Destino” es una pequeña torre vigía de una finca del siglo XVIII, a la que se accede desde una tienda de antigüedades llamada “Sirenas”.
Para los que no conozcan mi ciudad les explicaré que el centro de Cádiz está repleto de casas que en sus azoteas tienen torres desde las que se puede ver el puerto, construidas por los comerciantes ricos de la época para vigilar la entrada y salida de mercancías.

Mis pasos me habían llevado ya dos veces anteriores a ella: a sus dos bancos, a sus dos naranjos, a la pequeña fuente cubierta de verdín... Pero ninguna de esas veces iba sola, como para dar rienda suelta a mi curiosidad. La primera caminaba con unos amigos imbuidos en una conversación intrancesdente, pero muy interesante. No me paré demasiado en observar ni guardar detalles de la plaza pero adivinando su gran potencial poético y ávida de nuevas teorías e historias, traté de recordar los pasos que dimos ese día y así saber al menos la zona por dónde buscarla. Durante semanas pasé de vuelta de clase por la misma calle, jurándome y perjurándome que estaba allí.

La segunda vez era de madrugada, y estaba tan ebria de amor que se me desdibujan los pasos y las horas y las calles. No es extraño, creo que recuerdo besos en cada portal, hecho que en la práctica es potencialmente improbable. Sólo sé que cuando me escurrí sobre su pecho en un banco húmedo por la bruma de la noche, un azahar cayó sobre mi hombro. Aspiré su aroma y embriagada escuché correr el agua. Entonces separé mis labios de su boca, levanté los ojos, y vi frente a nosotros ese cartel de madera que anuncia, “Sirenas. Antigüedades.” Reconocí la fuente. Sonreí al descubrir que mi intuición sobre la poesía que desprendía la plaza era cierta. Y no volví a pensar mucho más, porque mi corazón ahogaba a gritos a mi razón y mi consciente.

Y bueno, tuve que esperar años, hasta que encontré mi Destino. Fue una tarde de principios de junio, extrañamente fría y nublada para las fechas. Había dado un paseo junto al mar y me había tirado en una roca junto al Castillo de San Sebastián. Sólo se escuchaba el mar y se olían las algas. El murmullo de una tarde de playa en la Caleta se lo habían llevado las nubes oscuras y el frío poniente. Y de mí se apoderó un estado de felicidad (y misticismo como diría mi hermana) que me hace ir por las calles como loca, sonriéndome sin interesasrme en absoluto a dónde voy.

Giré una esquina y caminé por una calle como cualquier otra, que me sonaba ligeramente. A mitad de la calle miré a la izquierda y no terminé de creérmelo: allí estaba la plaza y allí estaba yo, sola y contenta y curiosa y atemporal. Me senté en uno de los bancos a mirar y escuchar un rato el agua de la fuente.

Saqué mi libreta para empezar a escribir, pero antes de haber puesto ni una sola palabra, escuché un crujido que provenía de la puerta de la finca. Era el viento moviendo el cartel de Sirenas. Hasta ahora no me había dado cuenta que la puertecita de la tienda de antigüedades estaba abierta. Cerré de inmediato el libro. No me gusta ir de tiendas, salvo algunas excepciones: jugueterías y farmacias por la cantidad de colores, tiendas de verduras y frutas por los olores y tactos, tiendas libros y objetos antiguos por pura curiosidad...
Además ya le había dado algunas vueltas al nombre: en sí ya tenía poesía y no tenía nada que ver con los de las típicas tiendas de nombre en francés y dependienta empalagosa y clasista. Tenía pinta de ser algo más marinero, más gaditano.

Entré y hubo algo, no sé muy bien el qué, que se me movió dentro. En una hilera a mi derecha, mirando todos hacia un mostradorcillo de madera, había reproducciones de barcos de vela: en madera, en metales, en cristal. Una figura de un marinero pintando su barca. Dos sirenas mirando al horizonte sobre la Piedra Barco. Un nenúfar en un cuenco de agua. Un móvil con el modelo geocéntico. Un laúd. Relojes de arena y solares. Millones de cosas que no sabía lo que eran. Gramolas. Discos de vinilo. Sonaba Gardel, cosa que me pellizcó de nuevo en algún lugar de mi hemitórax izquierdo. Una figura antigua de cerámica que representaba un barbero. Me emocioné.

Buenas tardes.- Me saludó un hombre desde el mostrador.

Yo, que veía borroso, através de mis emocionados ojos me encontré con esos ojos azules profundos, surcados de arrugas y sólo acerté a decir: -Mi abuelo era barbero..... y... guardagujas en los trenes..... Lo de barbero en realidad eran unos ingresos extras.......Pero aún me pregunta la gente mayor del barrio si soy la nieta del barbero.....
Me sentía un poco idiota contándole todo eso como respuesta a su saludo, sin conocerlo de nada.

El comentó: -La música también ayuda ¿no?
Lo miré atentamente y él dibujó una sonrisa tan enternecedora, que me volvió a pasar: sin poder evitarlo le estaba contando cosas sobre los mercados de antigüedades de San Telmo y sobre Buenos Aires. Él, creo que conmovido por verme con las emociones tan a flor de piel, me habló sobre una amante suya argentina. Bromeamos un poco sobre el chamuyo argentino. Y al poco rato estábamos riendo de todo y él me contaba uno por uno como consiguió los objetos de su tienda.

Su historia era fascinante: había sido fotógrafo de cierto prestigio. Su trabajo le había llevado por todo el mundo y su carácter afable le había hecho conocer a personas increíbles en circunstancias inimaginables.

- Durante toda mi vida guardé como recuerdos objetos que compré... que encontré... que me regalaron... cosas que diseñé e hice con paciencia. Esto que ves es el signo patente de que estoy vivo.

-Pero...no lo entiendo...¿por qué los vendes entonces?

- En realidad no vendo mucho, no sé por qué pasa poca gente por aquí. (En ese momento me recordé a mi misma caminando por Cádiz, intentando buscar la placita.) Pero cuando viene alguien, suele ser una persona sin prisa que disfruta la conversación: los recuerdos no atraen a quién vive por el mañana. Así que compartimos buenos momentos, ellos se llevan un trozo de mi vida y yo me quedo para siempre en las suyas.

Impresionada por su generosidad pero sorprendida empecé a decirle: -Pero...

-Ven conmigo. Tomemos algo.

No dudé ni un instante y le seguí entre los millones de objetos hasta la puerta por la que él había aparecido. No había trastienda. Todo lo que había para ver estaba a la vista del público.
Subimos por una escalera empinada entre trino de pájaros y macetas de geranios. Había salido un poco el sol.

-Bienvenida al Destino de las Sirenas.

Abrió una puerta de color verde donde acababa la escalera sin que uno se lo esperara. Entramos a una habitación pequeña con sólo un escritorio, libros apilados, un caballete con un cuadro y una silla. Estaba entera acristalada, a todos lados podía verse el mar.

-¿Café o té?- me preguntó- Café, por supuesto. No sé ni por qué te lo pregunto.

No me extrañó que sin que lo hubiera dicho, hubiese intuido lo que significa para mí el café. Si por algo sobresalía ese día era por las intuiciones.
Bajó por las escaleras y me dejó allí apabullada, sobreestimulada, demasiado llena de percepciones y sentimientos. Supongo que siempre es así la primera vez que uno ve El Destino.

Observé cuidadosamente los libros. Creo que se puede conocer mucho a una persona por su biblioteca. Las Ciudades Invisibles que casualmente yo acababa de terminar de leer, reposaba encima de una pila de títulos desconocidos para mí. Me conmovió ver allí ese libro, un día en el que mi ciudad me descubría un nuevo rincón. Esa tarde que parecía sacada sin duda de una de las historias de Marco Polo.

En la mesa, muchísimas figuras de papel, minuciosamente dobladas, se amontonaban. Rebujadas una sobre otras, costaba diferenciarlas. Pero se veía que estaban hechas con demasiado cuidado para que se las dejase así amontonadas por las buenas.

-Tenga señorita. Probablemente el café nunca haya probado unos labios tan dulces.

No era un piropo. Era una de mis frases. Yo sólo podía pensar en el Destino...

-Te dejé a medias una explicación...

Abrió el libro, arrancó una página al azar (Sofronia) en medio de una exclamación mía de sorpresa e indignación.

Y comenzó a hablar mirándome a los ojos, mientras con las manos doblaba y volvía a doblar suavemente el papel.

-Vivimos. Sentimos. Vamos surcando, acariciando el tiempo (su mano se deslizaba en ese momento sobre la superficie del papel), decidimos meternos entre los entresijos del mundo, dejando cicatrices (sus manos, demasiados precisas para su edad, daban la vuelta al papel y desde ese barranco azul de sus ojos observaba la marca que había dejado uno de los dobleces). Al final, El Destino es donde se amontonan todos nuestros actos y nuestras obras.

Se detuvo un momento, había acabado un barco de papel. Lo dejó junto con las demás figuras.

- Verás yo crucé medio mundo buscando mi destino, y en ese vivir siempre dejaba millones de cosas atrás, de las que guardaba sólo recuerdos en una antigua finca de mi abuelo. Un día tras uno de mis viajes, volví y me sentí terriblemente viejo y cansado. Me enfrasqué en los recuerdos y reviví mil historias. Pero al cabo del tiempo empecé a sentirme profundamente solo.
Un tinte de amargura escapó en su voz, y ahora sus ojos azules eran más azules y líquidos si se puede, más parecidos al mar que nos cercaba de lejos.

"Un día mientras pintaba ese cuadro que ves en el atril y miraba al mar, me di cuenta de que me había pasado media vida dejando atrás lugares y personas por perseguir a mi destino y la otra media cargando con el recuerdo de lo que había dejado atrás sin poder liberarme de ello.
Ese día decidí que a las cosas a las que amas tienes que dejarlas ser libres. Y yo amaba mis recuerdos, los amaba más que a nada: tanto que me encerraba en ellos y los encerraba en mí para no perderlos. Sin embargo era yo el que estaba perdido".

"Abrí la tienda. La llamé Sirenas por el canto que me había seducido hasta casi llevarme a la perdición y comencé a desprenderme de los objetos. Con sorpresa vi como al dar las cosas no sólo no perdía el recuerdo, sino que lo reforzaba y además amplificaba lo que significaba para mí porque me hacía pasar un gran momento mientras lo compartía.
Así cada día me fui liberando de las cosas que me ataban y me fui haciendo más libre. Salía cada vez más de mi casa, tenía más amigos: era feliz.

Este es mi Destino, Ina. No es un dónde, ni un cuándo, es un cómo. Llegué a él cuando dejé de anclarme en el futuro y en el pasado. Cuando pude andar sin importarme hacia dónde, valorando lo que se cruza en mi camino, las cosas sencillas, las personas.
Hoy es mi Destino, y es tu Destino. Nada tiene que ver con las poezas, es tu café y mi barco de papel. Es Gardel y el barbero guardagujas. El recuerdo de una noche de primavera en la que un azahar te rozó el hombro en un banco húmedo".

Y diciendo esto, abrió una ventana y uno por uno me iba mostrando aviones de papel, grullas y otros animales, flores, estrellas … y las soltaba al viento y veía cómo se iban. Se estaba liberando de las cicatrices que había dejado en los papeles, independientemente de que fueran sus obras y que fueran bellas. Porque a las cosas a las que uno ama hay que dejarles libertad para que crezcan.

Me contó muchas historias más. Cómo consiguió en el Caribe una planta que curaba la tristeza, mientras hablaba con un chamán en un viejo granero. Cómo le ganó al ajedrez a aquél secuestrador que lo liberó. Cómo sobrevivió a una tormenta en una balsa salvavidas. Me enseñó el reloj que encontró en la barriga de un cocodrilo. El hilo que le dió Wendy con el que había cosido la sombra de Peter Pan. Me contó la historia de la puta que quería ir a la luna, porque allí le esperaba su amante. La teoría sobre los gatos de una loca en el Campo del Sur. Las instrucciones para volar una cometa. Una patata a la que le escribieron una oda.

El sol, que al final había ganado a las nubes, empezaba a esconderse perezoso por las aguas de la Caleta. Yo comprendía que se estaba acabando la tarde y no quería que pasara el tiempo.

-Y ella, ¿quién era?- Le pregunté mirando el cuadro que descansaba sobre el atril y que le había hecho entender cuál era su destino...
-Ella... es mi obra más perfecta, de la que nunca lograré liberarme. Cada una de sus sonrisas y sus gestos está en ese cuadro...

No dijo nada más, recogió la bandeja con las tazas de café vacías y yo supe que debía seguirle. Dejar atrás una de las torres vigías más bellas de Cádiz. Dejar atrás el Destino.
Bajamos a las Sirenas. Él me regaló la figura del barbero.

Llorando salí de la tienda, y él cerró la puerta tras decirme adiós con la mano. Yo me senté un rato en uno de los bancos a que se me pasara la congoja y vi, al borde de la fuente, que seguía cantando ajena a mi tristeza, un barco de papel. No cualquiera, el que contenía a Sofronia, el que habían hechos sus manos mientras me hablaban sus ojos. Lo recogí, y entendí que no debía tener pena. No debía pesarme el recuerdo de lo vivido, sino alegrarme de haberlo vivido y regocijarme en la alegría de haber tenido una tarde colosal.

A veces, cuando ando un poco triste, me tienta la idea de buscar esa plaza. Aún a sabiendas que no podré encontrarla. Ahora sé que el Destino puede estar ante mí o a mis espaldas, pero de nada sirve buscarlo. Los pasos que he dado para llegar a él siempre vendrán conmigo. Ese es mi verdadero destino.


Gracias, muchísimas gracias. Por lo que me enseñaste y por el barbero de cerámica.

domingo, 12 de junio de 2011

Las mil y una excusas en vela

Cuando llega junio me parapeto en una montañas de excusas para no estudiar.
Cuando llega el calor me escondo entre volutas de excusas para no dormir.
Cuando llueve siempre tengo millones de buenas razones que suenan a excusa para no llevar paraguas, y miles de malas razones que ni siquiera intento excusar para acabar en la playa.
Cuando abrazo mi guitarra y solo puedo desmembrar ruidos incoherentes siempre es por mi falta de oído o por mi falta de tiempo.
Excusada en mi corazón roto, comencé a amar a los demás.
Excusada en otro corazón roto, me interesé por el cine clásico.
Ehhh...sí...No es verdad que me hagan daño las sandalias, siempre busco una excusa para descalzarme.
Aún ando buscando excusas para quitarme también la ropa.
Cuando no puedo dormir escribo. Cuando tengo demasiado para escribir no duermo, ni escribo. Cuando me asedian las imágenes y las palabras me escondo tras la excusa de mi ineptitud para no escribirlas.
Cuando veo las estrellas me pierdo en excusas para alcanzarlas. Vuelo en sondeos de amaneceres, dándome motivos para permacer tumbada bajo la noche.
Cuando me toca saltar al vacío busco siempre vía alternativa, o que alguien me coja la mano y tire de mí.
Luego, disfrutando el abismo, me pregunto la validez de las excusas que me insufla el miedo.
Cuando estoy lejos (geográficamente hablando) busco una excusa para sentirme cerca y una vez que estoy cerca me alejo (metafóricamente hablando).

No tengo excusa: soy un desastre.

Pero a mi favor tengo que decir que entre tantas estúpidas excusas hay dos que me determinan y me hacen ser como soy. Sentir y amar son mis excusas para seguir viviendo. ¿o quizás me estoy excusando?

jueves, 19 de mayo de 2011

Se habla de democracia

Se habla de cambio. Se lleva hablando de cambio mucho tiempo. Pero sin embargo ahora se habla más que nunca: miles de personas están tomando las calles pidiendo una democracia real. Están reclamando su derecho de decidir. No sólo políticamente, sino el derecho de decidir en este sistema que nos utiliza y no nos da la oportunidad de realizarnos.

Este sistema, que nos ha convertido a todos en números, en excusa para llenar bolsillos y escaños, nos ha hecho mucho mal: a nivel económico sí, pero también a nivel social. Y con social ahora no me refiero a los recortes “sociales” que los gobiernos nos están imponiendo, ni hablo del desempleo, sino me limito un plano más básico aún.

Este sistema no nos deja ni tiempo ni oportunidad de ser una “sociedad”. Los mercados han sabido , con ayuda de la política y de los medios, sembrar entre nosotros semillas de egoísmo y competitividad, de disgregación, que han germinado fuertemente. Me explico: nos hemos convertido en gente a las que le parece lógico discutir por motivos políticos e ideales, que cree que lo normal es entrar en el mundo laboral a base de competencia.

En la escuela, en la televisión, en todas partes... el liderazgo es una de las cualidades más valoradas: liderazgo, eficacia, eficiencia... ¡Cuántas veces habré escuchado esas palabras en la universidad! Y sin embargo casi nunca palabras como comprensión, integridad, tolerancia (cualidades que quedan en un segundo orden, cualidades de estar por casa).

¿Cómo puede uno entrar a formar parte de los trabajadores del Estado? Presentándose a una OPOSICIÓN... La palabra misma los deja al descubierto: no teneís que ser buenos en vuestro trabajo, basta con que queraís ser “mejores” que los demás. Oponeos. Separaos.

Por si fuera poco y las emociones en las relaciones humanas pudieran aún así encontrar un resquicio por donde salir adelante, nos han recortado nuestro tiempo con horarios desquiciados, con estrés y con prisas, para que si después de todo nos quedaban ganas de reunirnos, relacionarnos, de SER una sociedad, se nos fuera pasando poco a poco.

Pero se les escapó algo: nos impusieron una sociedad basada en el dinero y nos convirtieron en peones de esa sociedad. Nos lo creímos, acatamos. De repetente no hay ni dinero ni trabajo, ese mundo construido de humo que nos vendieron ha dejado de existir. Uno empieza a plantearse si ese “otro” que nos dijeron que competía con nosotros, no es en realidad el enemigo.

La gente empieza a reunirse, los políticos (temerosos) empiezan a dictar leyes “de convivencia” que impidan la reunión. La gente empieza a impacientarse. La policía mejora sus métodos represivos.
Pero se ha abierto una brecha. Ya no hay esa fe ciega en el sistema.

Hoy, la calle está llena de personas que estan pidiendo una democracia real. Lo veo y me maravillo. Y lo que más me gusta no es que se pidan ciertas reformas políticas (que llevo año apoyando y escuchando como me llaman idealista, utópica...) sino porque ha habido un cambio en las relaciones humanas. Gente que antes estaba enfrentada por su ideario político, pide junta un cambio profundo, se emociona, se siente parte de lo mismo.
No opino que no deba haber diferencias de opinión, sino que el debate de éstas nos conduzcan a mejorar: nunca a generar odios y desunión entre nosotros. Quizás ahora la democracia sea más real, porque estamos más cerca que nunca de ser un pueblo o una sociedad y no un grupo grande de seres individuales que vive ajeno al resto.

Siempre he pensado que las soluciones llegarían el día en que empezáramos a ver reflejadas nuestra emociones en los otros, cuando fuésemos capaces de superar lo que nos separa para centrarnos en lo que nos une.

Me gustaría pensar que ese momento está llegando sin que nos demos cuenta, en forma de concentraciones y manifestaciones pacíficas. Me encantaría pensar que esto supera el plano de lo político y aunque ese sentimiento de unión quede como telón de fondo de todo esto, sepamos darle el lugar que se merece.

Sólo sientiendo CON los otros podremos ser una sociedad auténtica. Sólo sintiendo los problemas de los otros podremos luchar por la justicia.

El cambio verdadero llegará cuando se manifiesten las emociones y todas ellas sean manifestaciones pacíficas.


Se habla de democracia...

miércoles, 4 de mayo de 2011

La envidia de los gatos

Parecerá una extraña cadena de sucesos, pero repetida una vez tras otra toma un sentido diferente.

Paseando por el Campo del Sur y por el parque, uno se da cuenta de miles de cosas. Una lo maravilloso que es Cádiz, ni que decir tiene. Pero otra, que quizás pasa más desapercibida a empanados y guiris cruceristas es la cantidad de gatos que hay en esta ciudad. Yo, como exploradora de las cosas inútiles y forjadora de teorías descabelladas (y no por ello menos ciertas) he pasado mucho tiempo observándolos.

Y el primer dato que arroja mi observación es éste: cuando te cruzas en la vida de un gato, éste se detiene, te mira y tras unos segundos se va corriendo.
La pregunta es ¿por qué?

La respuesta parece fácil: miedo. Demasiado fácil para que sea verdad, si quisieran huir lo harían en un primer momento. Pero ellos se quedan ahí un rato, mirándote a los ojos. Yo creo que te miden.

No tu longitud, ni tu altitud, ni tu rapidez...ni ninguna de esas cosas que serían lógicas según las leyes de la supervivencia. Esta es otra teoría que tengo: los gatos no son lógicos. Ellos te miden A TI.

Y he aquí el culmen de mi teoría: los gatos me huyen...porque me tienen envidia.

Sé que te estás sonriendo diciendo, "ostras esta es otra de las de Ina". Pero espera a oír la explicación.

Ellos son equilibrados por naturaleza, ágiles. Obviamente eso no pueden envidiármelo, yo me muevo como un pato en el desierto y sin embargo, soy capaz de trepar a lo más alto, luchar con mis incapacidades y mis ansiedades y jugarme el tipo esperando la caída. Creo que no les debe hacer mucha gracia ver en mis ojos que alguien de naturaleza tan poco grácil puede llegar a desafiar a la gravedad.

Así, ellos, los perfectos conocedores de tejados y azoteas se asombran y siguen analizando mis pupilas. Y en ese insondable vacío descubran tejas y ropa tendida y se sorprenden. Los hombres suelen mirar al suelo cuando van por la calle. Pero no saben que yo soy adicta a las azoteas: las busco desde la calle, las sobrevuelo con la mente, subo a las torres de Cádiz sólo por colarme por sus entresijos y dibujarlas, y describirlas y surcarlas.

¡Ay felino instinto que me lleva a canaletas y alfeizares!...Y ronronearle a la luna.
Porque eso es lo siguiente que ven en mis ojos, una esfera redonda y amarilla y su reflejo en el mar. La luna y sus secretos...y entonces sí que sienten un poco de miedo. Y me miran con recelo. Pero la curiosidad (que no siempre mata al gato) les hace seguir un poco más. La noche, la playa... Empiezan a verme como una igual...

Se lamen las uñas antes de volver a mirarme. Yo misma soy consciente de que en ese sentido me superan. Siempre fui más de apretar los dientes y seguir adelante, que de sacar las uñas.
Cobran un poco de confianza... Siguen mirando...ven como podía competir con ellos en la independencia e incluso en lo arisca que podía llegar a ser. Pero mira por dónde, ahora también pierdo en eso...porque muchas de las personas que me rodean consiguieron romper mi armadura de hielo y dejar salir mi ternura...

Pero me queda mi última baza...la que ven y no pueden aguantarme la mirada...y salen corriendo... Todo el mundo envidia a los gatos porque tienen siete vidas. Y he aquí por qué me envidian... yo sé vivir millones de vidas en una.

No es que sepa más que nadie. No es mérito mío. Yo no digo, voy a vivir una vida en seis meses, en dos meses, en dos semanas o en cinco minutos...no, yo no decido eso.
Sin embargo hay veces que la propia vida y las personas, sin yo esperarlo, así sin más, me regalan una vida. Tan intensa que parece que nazco de nuevo, que aprendo de nuevo a vivir y que cuando se termina muero. Con sus alegrías y sus penas y su superaciones y su música y sus vacíos y mis errores y mis aciertos.

Y eso nadie te lo ve cuando te mira. Ni puedes explicarlo cuando te preguntan. Sólo te sale decir frases preparadas y repetirlas una y otra vez. ¿Cómo se puede explicar toda una vida por corta que haya sido "temporalmente"? Así uno puede ir por la calle, con todas sus vidas a la espalda y nadie sabe lo vivo que está. Salvo que se tome la molestia de mirarle a los ojos. Los gatos se la toman. Y entonces envidian...y salen corriendo.

Ellos nacen con 7 vidas. Nosotros tenemos o no la suerte de poder vivir mil vidas en una. Pero en nuestros ojos se guardan los tesoros de cada una de ellas, si sabemos vivirlas y somos conscientes de que las tenemos.

Yo también saldría corriendo si la vida, con todo su descaro, se atreviese a mirarme directamente a los ojos.


Gracias, a todos los que habeis hecho posible alguna de esas vidas. Y a que escribo esta entrada escuchando tango, mirando un cuadro mágico y una trompeta, y una guitarra, jugueteando con una nariz de payaso, en un cuarto con una bandera azul marino y blanca, llena de tierra y otra con rombo de colores (de mis pueblos indígenas).

Tinki pali, che! Bona nit!